Se abre la veda: publicidad en los colegios
Tarde o temprano algo de esto tenía que pasar. No es la primera vez que la publicidad y la moral cruzan sus caminos. Pero sí que desemboquen juntas como consecuencia del contexto socioeconómico que vivimos. Que en plena crisis mundial una comunidad de vecinos cualquiera decida explotar como soporte publicitario los balcones de su edificio para financiar los gastos del edificio es, hasta cierto punto, audacia; pero poner publicidad dentro de las aulas de un colegio con el fin de obtener fondos, es una sinvergüenzada.
Principalmente porque la iniciativa no nace del ingenio y la creatividad; nace de una situación límite, ante los recortes del presupuesto destinado a la educación por el Gobierno italiano. Aunque no es nada nuevo que las marcas y publicistas metamos la cabeza en las escuelas, no siempre se ha hecho con tanta falta de tacto. Yo, por ejemplo, guardo un grato recuerdo de mi visita escolar a la fábrica de Danone, de cómo nos mostraron cómo se hacían los yogures y de lo bien que nos sentó el banquete de lácteos que nos tenían preparado al final de la excursión. Pero de eso, a ver una marca de supermercados anunciada cada día en mi pupitre, dista un mundo. Es mercadotecnia, pero son experiencias diferentes.
Hay maneras y maneras, y desde luego convertir las mesas y sillas de los escolares en algo parecido al mono de Fernando Alonso, no es la mejor idea. Esperemos que al menos el perfil de lo que se anuncie se regule con algo de más de cabeza.




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